In Vino Veritas

No hace mucho decía en este mismo blog que el verano invita, entre otras cosas, a descubrir que te gusta leer. Por eso, os recomendaba lo que a mi entender eran dos buenas lecturas.

Hoy, no hablaremos de leer, si no de beber. Porque entre libro y libro, en verano uno descubre otras cosas, como el buen vino.

Sucedió que estaba en el Pirineo Aragonés, concretamente en el pueblo de Aínsa y justo cuando me disponía a abandonarlo, pasé por delante de una tienda de vinos. De la tienda no recuerdo el nombre. Sólo sé que está entrando al pueblo por la carretera que llega desde Terrantona, a la derecha justo antes de un cruce de calles. Lo que sí recuerdo fue la sensación de estar perdido mirando botellas y botellas y toparme con los dos ejemplares que me llamaron la atención: Un Somontano de nombre  Cojón de Gato , y un excelente caldo de la Tierra Ribera de Gállego llamado Lázarus. ¿Que qué tiene estos vinos? Un buen diseño de etiqueta que viste un nombre, un concepto y una historia que lo une todo. Qué simple y qué difícil. Sobre todo en el denso mundo del vino.

Cojón de Gato apuesta por la sorpresa de su denominación apoyado  por un diseño de etiqueta moderno y duro. Sin minimalismos, ni concesiones. Blanco sobre negro, literalmente.  Con tipografía extra bold y un par de manchas circulares simbolizanzo los atributos masculinos de un minino.  Y, detrás de todo ello, la historia de un viticultor que se emperró en hacer un vino en el que una de las variedades fuera de una uva de su tierra, Huesca. Y tomó la que da nombre al vino. Una variedad denostada, supuestamente no apta para la elaboración de caldos de calidad.

Y a pesar de todo no paró hasta conseguir un vino, no sólo equilibrado, si no también alabado y con cierto éxito en el mercado. El mito de la pasión y la perseverancia que lleva al éxito.

Por otro lado está “Lázarus” (http://www.lazaruswine.com/).

En cuestión de diseño es otra historia. Suave, sin elementos estridentes, con colores amables y calientes con la predominancia del ocre arcilloso que envuelve un texto escrito en caracteres grandes, prominentes y en relieve…totalmente en Braille. Uno no sabe qué vino es hasta que no dirige la mirada hasta la base y, allí, en cuerpo nueve, aproximadamente, descubre una pequeña y brevísima historia que podría casi, casi, reproducirse en Twitter:

“Francis, enólogo con ceguera total, soñó “Lázarus“.  De él aprendimos el método de elaboración basado totalmente en la cata. Syrah y Merlot de viñedos cultivados en Huesca sobre suelos arcillosos y con gravas. Elaborado en el año 2005. Degustar entre 12º y 14º”.

Pim, pam. Todo un relato lleno de superación heróica por parte del enólogo protagonista y misterio por el resultado conseguido. ¿Habrá hecho realidad su sueño? Como Storytelling, redondo.

¿El vino? Buscadlo y probadlo. Sorprende y gusta. Y gusta mucho.

La cuestión es que con pocos elementos pero bien conjuntados, cada uno de los vinos me ha vendido un concepto, una personalidad, una manera de ver ese mundo casi críptico que cada vez tiene más adeptos, la enología. Y lo consiguen con una etiqueta y con una mini historia con mensaje.

 Y entonces uno se pregunta: ¿Y eso no podría extenderse a otras bebidas como las cervezas sin alcohol?

Lo digo porque últimamente veo mucho una campaña con concepto y con una historia detrás. Un fábula, ahí es nada. Con animales como protagonistas  (que siempre funcionan igual que los bebés)

y con los beneficios explicados e ilustrados paso por paso y con delicados juegos de palabras. Incluso hay un cierto equilibrio estético y una preocupación para que el vestuario se mueva entre la realidad y la ficción onírica (yo incluso añadiría lisérgica). Pero el resultado no es el mismo. No señor.¿Será porque hablamos de sectores diferentes y lo que funciona en uno no funciona para el otro?  Puede…pero a mí me suena más que hay quien sabe contar una buena historia en una simple etiqueta y se deja de cuentos y hay quien cuenta cuentos y al final no le salen las cuentas. Y eso ya es  más grave…

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